
La experta analiza por qué las mantas térmicas en las ventanas de París revelan un problema de fondo y qué soluciones siguen siendo más eficaces para proteger una casa del calor
Las imágenes de las fachadas parisinas forradas con mantas térmicas y papel de aluminio han dado la vuelta al mundo este verano, y debajo del meme hay un problema bastante más serio del que sugiere la postal. Cada ventana convertida en espejo casero es, en el fondo, el síntoma de una arquitectura que no estaba pensada para 40 grados.
Hemos hablado en exclusiva con Lourdes Treviño, arquitecta fundadora del estudio madrileño Freehand Arquitectura y Passive House Designer certificada, sobre qué significa de verdad ese parche y por qué no es la solución que parece. La arquitecta lo compara con un gesto cotidiano, casi autoevidente: protegerse con un sombrero, y de ahí parte todo lo demás.
La manta térmica funciona, pero es un parche
"La imagen no puede ser más clara: muchas viviendas en Europa, y en general en muchos lugares, no están preparadas para afrontar olas de calor", explica Treviño. Y, ojo, que la frase no es retórica: el parche del aluminio es respuesta de emergencia a una pregunta que nadie se había hecho en serio al construir esos edificios. "Ayuda a aislar y evitar que el calor entre dentro de la vivienda. Lo ideal es frenarlo antes de que atraviese la ventana", señala.
La manta térmica, cuenta la arquitecta, actúa como barrera provisional: genera sombra y, al tener superficie reflectante, devuelve parte de la radiación solar. Reproduce, de manera rápida y bastante precaria, lo que hace un toldo, una persiana exterior o una contraventana. (Y aquí el dato cuela, porque cuadra con la física: el aluminio doméstico refleja en torno al 95% de la radiación infrarroja, según la literatura técnica sobre reflectividad del material.)
La clave, insiste Treviño, no es qué pones en la ventana sino dónde. "Sí, efectivamente, es mucho más eficaz colocarla por fuera. Lo importante es impedir que el calor llegue a entrar en la vivienda. Si colocamos la protección por dentro, el sol ya ha atravesado el vidrio y parte del calor ya está en el interior".
Es decir, que la cortina interior puede ayudar a reducir la sensación de sol directo, pero llega tarde. Para proteger de verdad una vivienda del calor, lo eficaz es frenar la radiación antes de que toque el cristal. Por fuera siempre, que es justo lo que el IDAE lleva años recomendando en sus guías de ahorro doméstico.
Ahora bien, que el parche funcione no lo convierte en solución. "La principal limitación es que se trata de una solución improvisada y bastante precaria", advierte Treviño. Por dos razones prácticas que se ven poco en los titulares: instalarla desde una ventana o un balcón es arriesgado, y si no queda bien fijada puede caerse o salir volando. A lo que se suma otro inconveniente silencioso, que la manta bloquea la entrada de luz natural. La vivienda gana algo de fresco, sí, pero a costa de oscurecer el interior.
No es un problema de un verano, es de fondo
El caso de París no es aislado. Muchas ciudades europeas tienen un parque residencial concebido para un clima en el que la prioridad histórica era conservar el calor durante el invierno, no protegerse de temperaturas extremas en verano. La transición, en pocos años, ha pillado a media Europa con el equipo de frío en el trastero y las ventanas sin nada que les haga sombra.
"Muchos edificios modernos no están diseñados ni preparados para que sus habitantes tengan confort térmico en esas temperaturas", sostiene la arquitecta. El problema puede estar en un aislamiento insuficiente, en ventanas de mala calidad, en carpinterías mal instaladas o en la falta de elementos exteriores de protección solar.
En los edificios antiguos aparece además otro reto: las fachadas protegidas. Se piensa, a menudo, que al tratarse de construcciones con valor patrimonial no es posible intervenir para mejorar su comportamiento térmico. Falso. Treviño recuerda que ya existen sistemas que permiten rehabilitar y aislar este tipo de edificios incluso cuando la fachada tiene condicionantes de protección. La excusa patrimonial, muchas veces, es sólo eso.
La lección del sur: pared gruesa, persiana y patio
Frente a esa imagen de las ventanas parisinas cubiertas con mantas térmicas, España cuenta con una tradición arquitectónica y doméstica mucho más habituada a combatir el calor antes de que entre en casa. Persianas, toldos, contraventanas, patios, muros gruesos o esterillas naturales forman parte de esa cultura de la sombra que otros países europeos están empezando a mirar con envidia.
"En España siempre ha hecho más calor y, por eso, llevamos mucho más tiempo incorporando soluciones para protegernos del sol", explica Treviño. En el sur, por ejemplo, recuerda que "las persianas y las esterillas naturales se utilizan desde la época árabe". No es folclore: es arquitectura pasiva con siglos de rodaje.
"No son soluciones novedosas, sino elementos pasivos tradicionales que evitan el soleamiento directo y ayudan a que el calor no entre en el edificio", zanja. Esa es precisamente la gran diferencia, y la que se pierde a veces en el debate: no se trata sólo de enfriar una vivienda cuando ya se ha recalentado, sino de impedir que el calor llegue a acumularse. Bajar una persiana a tiempo, desplegar un toldo en una fachada soleada o cerrar una contraventana puede parecer un gesto sencillo, pero responde a una lógica arquitectónica muy eficaz.
Entre los recursos que la arquitectura tradicional ha utilizado durante siglos para protegerse del calor, Treviño destaca seis especialmente eficaces: patio andaluz, muros gruesos, esterillas naturales, persianas, contraventanas y ventilación cruzada.
El patio permite generar zonas de sombra, favorecer la circulación del aire y refrescar el ambiente interior. Los muros gruesos aportan inercia térmica y ayudan a retrasar la entrada del calor. Las persianas y contraventanas evitan el soleamiento directo. Y la ventilación cruzada permite renovar el aire cuando la temperatura exterior desciende. Recursos sencillos, baratos y, sobre todo, pensados para durar.
También es fundamental mirar hacia arriba. "Es muy importante aislar bien las cubiertas", apunta la arquitecta. Las últimas plantas y los edificios mal aislados por cubierta suelen sufrir especialmente durante las olas de calor. Como ejemplo, Treviño menciona las cubiertas vegetales, utilizadas desde hace siglos en el norte de Europa, que ayudan a aislar tanto frente al frío como frente al calor.
Cómo se diseña una casa para 40 grados
Una casa bien diseñada para resistir temperaturas de 35 o 40 grados no depende de una única solución. Debe partir de un estudio completo del lugar. "Hay que estudiar la orientación, el soleamiento, el clima, la altitud y la ubicación geográfica de la vivienda", explica Treviño.
En obra nueva, esto debería formar parte del proyecto desde el inicio. En una reforma o rehabilitación, la estrategia debe adaptarse a lo existente y compensar las carencias con mejores aislamientos, carpinterías, cubiertas y ventanas. Aquí es donde entra la formación específica de Treviño: para la arquitecta, los principios de la Passive House pueden mejorar mucho el comportamiento térmico de una vivienda. Esto implica evitar puentes térmicos, garantizar la hermeticidad, contar con una buena ventilación y conseguir que la casa mantenga mejor la temperatura interior tanto en invierno como en verano.
El estándar, hay que decirlo, no es un sello decorativo: define un nivel de eficiencia energética máximo, con criterios medibles y certificación independiente. La radiación del sol y la inercia térmica del muro dejan de ser enemigos abstractos y se vuelven variables de proyecto.
Si no puedes reformar, parchea bien
No todo el mundo puede cambiar ventanas, aislar cubiertas o rehabilitar una fachada. Aun así, hay medidas sencillas que pueden ayudar a mejorar el confort interior. La primera recomendación de Treviño es proteger la vivienda del sol durante las horas de mayor radiación. Toldos, persianas, cortinas o cualquier sistema de sombra pueden reducir la entrada directa de calor. También aconseja ventilar por la noche o a primera hora de la mañana, cuando la temperatura exterior baja, y mantener la casa cerrada durante las horas centrales del día.
Además, se pueden utilizar ventiladores, colocar plantas en balcones o terrazas y regarlas muy temprano por la mañana para refrescar ligeramente el ambiente. No son soluciones milagrosas, pero ayudan a reducir la sensación térmica y a retrasar el sobrecalentamiento. Ya contamos en Compradicción, por cierto, por qué los arquitectos coinciden en que el papel de aluminio sólo tiene sentido como emergencia.
El futuro pasa por la sombra, no por el aire acondicionado
Las mantas térmicas en las ventanas de París son, por tanto, mucho más que una imagen curiosa. Son el síntoma visible de una arquitectura residencial que tendrá que adaptarse a un clima distinto. "Sí, sin duda, pero no solo en París", afirma Treviño cuando se le pregunta si Europa tendrá que repensar fachadas, ventanas y sistemas de sombra en los próximos años.
El desafío no pasa únicamente por instalar más aire acondicionado. En muchas ciudades europeas hay restricciones para colocar máquinas exteriores, especialmente en edificios antiguos o protegidos. A esto se suma una cultura del ahorro energético cada vez más presente. Por eso, las nuevas normativas y códigos de construcción ya están incorporando medidas para lograr viviendas más eficientes, con menos pérdidas energéticas y mayor confort interior.
La arquitectura del futuro tendrá que aprender a calentarse menos. Y, en muchos casos, la respuesta está en mirar de nuevo a soluciones que la arquitectura mediterránea lleva siglos utilizando. Sip, está todo conectado. O, en clave de sombrero: lo que protege en julio también protege, sorprendentemente, en enero.
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