
El cinco veces ganador del Tour de Francia ha recordado cómo era la alimentación durante su etapa como ciclista profesional
El ciclismo profesional ha evolucionado hasta convertirse en una ciencia exacta donde la aerodinámica, los vatios y la nutrición milimétrica dictan la victoria. Sin embargo, mirar al pasado a través de los ojos de una leyenda viva como Miguel Indurain nos devuelve a una época dorada y terrenal del deporte de las dos ruedas. A sus 61 años, el pentacampeón del Tour de Francia recuerda con naturalidad cómo los grandes hitos de su carrera se forjaron con métodos radicalmente distintos a los actuales, resumiendo una filosofía irrepetible con una frase que desarma cualquier complejidad moderna.
"Antes, durante la etapa, no nos tomábamos barritas ni geles, sino bocadillos de jamón y queso o pasteles que nos compraban los masajistas del equipo", explicó Indurain a la revista Woman al comparar la preparación de los noventa con la del ciclismo moderno. El navarro, nacido el 16 de julio de 1964 en Villava y por tanto a las puertas de cumplir 62, repescó así una escena que hoy suena a prehistoria deportiva: masajistas parando en plena etapa para repartir emparedados caseros, corredores devorando pasta de hojaldre a 40 km/h, ausencia total de geles industriales.
En aquella época la planificación nutricional no estaba tan desarrollada y era habitual recurrir a alimentos tradicionales para afrontar el desgaste de cada jornada.
"Pájaras" y memoria
Indurain también ha confesado que, en algunas ocasiones, llegaba a sufrir las condiciones 'pájaras', esas caídas bruscas de energía que pueden arruinar una carrera.
¿El motivo? No siempre era uno solo. "A veces la deshidratación, el frío tras sudar durante horas o incluso la concentración en la competición hacían que olvidara comer a tiempo", precisó el pentacampeón. La explicación científica no deja lugar a dudas: la pájara —el bonk anglosajón— es una hipoglucemia por agotamiento de las reservas de glucógeno muscular y hepático cuando el ejercicio se prolonga más de 60-90 minutos sin reposición. El cerebro reduce funciones cognitivas, aparece confusión, visión borrosa y el cuerpo se desconecta del mando. O sea, exactamente lo que Indurain describe sin nombrarlo: la cabeza tan concentrada en la carrera que se olvidaba de comer.
Durante su carrera deportiva siguió una alimentación muy controlada, basada principalmente en pasta, arroz, frutas y verduras. Las carnes rojas y los huevos apenas tenían presencia en su dieta. Con la supervisión de su equipo médico, llegó incluso a reducir varios kilos de forma progresiva para mejorar sus prestaciones sobre la bicicleta.
Hoy, alejado de la alta competición, el navarro continúa cuidando su alimentación por un motivo diferente: convive desde hace años con el colesterol alto, una condición que ya padecía cuando dominaba el Tour.
1.500 gramos de carbohidratos
Y aquí viene el contraste más salvaje. Tadej Pogacar, vigente dominador del pelotón mundial, ingiere alrededor de 6.000 calorías por etapa —hasta 10.000 en jornada de montaña— y consume entre 90 y 120 gramos de carbohidratos por hora, según su nutricionista en el UAE, Gorka Prieto. Antes de salir a rodar toma 30 gramos de carbohidratos, un gramo de proteína y dos de lípidos; durante la carrera, geles y bebidas isotónicas se suceden cada veinte minutos con precisión farmacéutica. El patrocinador Enervit le suministra alrededor de 1.500 gramos de carbohidratos por jornada de competición. Un kilo y medio de azúcar puro, dosificado al milígramo.
Indurain, en sus mejores años, comía pasteles que le compraba el masajista.
¿Es de extrañar que el navarro saque pecho? No. Ya lo dijo en una entrevista a SPORT en 2016, recogida ahora por La Razón y La Vanguardia en cada aniversario: "Gané los cinco Tours con colesterol. Unas veces estaba más alto y otras menos, pero durante toda la vida me ha acompañado". El dato que llama la atención es que Indurain dominó el ciclismo mundial con un perfil lipídico que hoy cualquier equipo junior habría marcado en rojo. El colesterol no era un detalle; era un pasajero fijo del Banesto.
Sobre el papel, el de Villava no habría pasado un control nutricional moderno. En la práctica, ganó cinco Tours consecutivos —1991, 1992, 1993, 1994 y 1995, primer ciclista en lograrlo—, un Giro y un récord de la hora, antes de retirarse el 2 de enero de 1997 en una Pamplona fría. El Periódico lo recordó hace justo un año.
Queda botando, por tanto, la pregunta incómoda. ¿Habría ganado Indurain cinco Tours con la ciencia de hoy? Probablemente sí, y quizá más. ¿Habría ganado Pogacar con la de entonces? Ahí nadie se atreve a responder. Y eso, en un deporte que ha hecho de la medición su religión, es ya todo un síntoma.
Fotos de Pepisclu | @miguelindurainfans
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