Dr. Jorge Soto, dermatólogo: "Ni crema de 50 ni gominolas; la mejor protección frente al sol sigue siendo la ropa y la sombra"

El especialista de Policlínica Gipuzkoa advierte de que la diferencia real de eficacia entre un SPF 30 y un SPF 50 es reducida

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Joel Calata

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El dermatólogo de Policlínica Gipuzkoa destroza el catálogo de modas virales que circulan por TikTok (gominolas para moreno incluidas) y recuerda lo que las sociedades científicas llevan años repitiendo: la crema no es la primera línea, es la cuarta. La ropa, la sombra y el sentido común llegan antes.

La frase no es un capricho de un dermatólogo con mala leche. El doctor Jorge Soto, que lidera el equipo Dermagune de Policlínica Gipuzkoa (un servicio que la propia clínica presenta como integrador de inteligencia artificial, terapias biológicas y diagnóstico precoz), desmenuza en una entrevista publicada por El Diario Vasco el 4 de agosto de 2026 los tres mitos que más se cuelan por las redes: las "gominolas para ponerse moreno", el salto de SPF 30 a SPF 50 como si fuera un escudo casi mágico, y la creencia de que un complemento oral puede sustituir a la crema.

El expediente gominola

"Su efecto es fundamentalmente estético, ya que aportan coloración a la piel, pero no sustituyen los mecanismos naturales de protección ni evitan los daños derivados de la exposición al sol", matiza el facultativo. Es decir: el moreno de caramelo que venden esos botes es maquillaje interno, no escudo. La pigmentación que aportan no es melanina, no es bronceado real y, sobre todo, no tapa la radiación ultravioleta.

¿Y de qué están hechas, exactamente? La mayoría de las fórmulas viralizadas se venden como suplementos de betacaroteno, vitamina A, vitamina E y, a veces, L-tirosina y cobre. El betacaroteno, ese pigmento naranja que de hecho tiñe la piel, es el protagonista. Y aquí viene el marrón: según el National Cancer Institute estadounidense, los ensayos clínicos con betacaroteno oral no demostraron prevenir el carcinoma basocelular ni el escamoso ni el melanoma y, en fumadores, se asoció con un aumento de la incidencia y mortalidad por cáncer de pulmón. Ojo con eso, sobre todo si te fumas un paquete al día y ya de paso te metes puñados de gominolas "bronceadoras".

La adicción al sol tiene su química

Soto no se queda en lo estético. Saca una palabra que asusta: tanorexia. La define como adicción al bronceado con "consecuencias potencialmente graves" y, lo más interesante, le pone neuroquímica: "La exposición solar libera sustancias como la betaendorfina y la dopamina, que generan una sensación de bienestar y en determinadas personas, con predisposición genética o determinados trastornos psicoconductuales, esto puede derivar en una auténtica adicción".

Pero la consecuencia, recuerda la Skin Cancer Foundation, es brutal: las cabinas UV emiten radiación 10 a 15 veces mayor que el sol en su pico de intensidad, y el uso de una cama bronceadora antes de los 35 años eleva el riesgo de melanoma en un 75%. Sólo en EE. UU., más de 9.500 personas son diagnosticadas de cáncer de piel cada día, y un 86% de los melanomas son atribuibles a la radiación UV solar. Australia, Brasil e Irán han prohibido las cabinas del todo; veinte estados de EE. UU. ya vetan su uso en menores.

SPF 30, SPF 50: la diferencia existe, pero pequeña

Aquí el doctor Soto no parece en la onda del marketing: "La diferencia real en términos de eficacia entre un fotoprotector SPF 30 y uno SPF 50 es reducida cuando ambos se aplican correctamente". El matiz es importante: «cuando ambos se aplican correctamente". Es decir, con la cantidad de producto que pide el laboratorio, que es mucha más de la que usa la mayoría. Y ahí está la trampa.

La Skin Cancer Foundation lo explica así: SPF mide cuánta radiación UV hace falta para enrojecer la piel con crema frente a sin ella, en condiciones ideales de aplicación. La organización recomienda SPF 30 o superior para uso diario y SPF 50 o superior para exposición prolongada —playa, montaña, deporte al aire libre—. La diferencia entre 30 y 50 no es trivial en margen de error: por definición matemática, un SPF 30 deja pasar 1/30 de los UVB (el 3,3%) y un SPF 50 deja pasar 1/50 (el 2%). Hablamos de 1,3 puntos de filtración teórica. El problema es que casi nadie se pone la cantidad suficiente —el laboratorio pide 2 miligramos por centímetro cuadrado, una cantidad casi cómica—, y ahí el 50 da algo más de colchón.

Eso sí, la cifra en la etiqueta no perdona: agua, sudoración y roce reducen la durabilidad. Soto insiste en reaplicar con frecuencia, sobre todo con fórmulas fluidas o en spray. La regla de oro de la industria es reaplicar cada dos horas o después de nadar/sudar, y los envases sólo pueden etiquetarse como resistentes al agua 40 u 80 minutos. Nunca "impermeables", que es marketing.

Filtros físicos y químicos: la división ya no es neta

Sobre los filtros, el dermatólogo se limita a la descripción clásica: los físicos reflejan parte de la radiación UV y los químicos la absorben, aunque "la mayoría de las formulaciones actuales combinan ambas tecnologías". Es la descripción que también da la FDA y la AAD en sus guías para pacientes. En la práctica moderna, la frontera entre físico y químico se ha diluido: los filtros minerales (óxido de zinc y dióxido de titanio) son, técnicamente, los que menos irritan pieles sensibles y los recomendados para menores a partir de los seis meses.

Y cuidado con la luz visible y los infrarrojos, avisa Soto. La crema no los cubre. La sombra, sí, parcialmente. De ahí la prioridad: ropa, sombrero, sombra.

Dr Jorge Soto Dermatologo Ni Crema De 50 Ni Gominolas La Mejor Proteccion Frente Al Sol Sigue Siendo La Ropa Y La Sombra Foto de Mikhail Nilov

La píldora mágica que no lo es

Existe, reconoce el facultativo, "cierto capacidad fotoprotectora" en complementos orales formulados a partir de derivados del Polypodium leucotomos, un helecho tropical americano también conocido como Phlebodium aureum. El extracto se ha estudiado para melasma, vitíligo, psoriasis, erupción luminosa polimorfa, dermatitis atópica, fotoenvejecimiento y cáncer de piel; una revisión de 19 ensayos humanos y 6 estudios básicos lo encontró bien tolerado y con perfil de efectos adversos favorable, y se postula como estrategia de fotoprotección complementaria —adjunct, dicen los papers—, nunca como sustitutiva del filtro.

"La protección más importante no son las cremas ni las cápsulas, sino la ropa, los sombreros y la búsqueda de sombra", subraya Soto. El National Cancer Institute, por su parte, es más duro con la quimioprevención: ensayos con retinoides orales, selenio, betacaroteno o nicotinamida no mostraron reducción consistente de carcinomas cutáneos o melanoma, y el betacaroteno subía el riesgo de cáncer de pulmón en fumadores. Es decir: de momento no hay pastilla que sustituya a la crema, y mucho menos a la camisa.

Dr Jorge Soto Dermatologo Ni Crema De 50 Ni Gominolas La Mejor Proteccion Frente Al Sol Sigue Siendo La Ropa Y La Sombra Foto de https://kaboompics.com

La prenda de ropa, recuerda la Skin Cancer Foundation, ofrece protección consistente a lo largo del tiempo y «no se gasta como la crema». El índice UPF (ultraviolet protection factor) mide la fracción de radiación que la tela deja pasar: una camisa UPF 50 deja pasar 1/50 de los rayos UV. La regla práctica: cuanto más ajustada y oscura la trama, más protege; cuanto más estirada y mojada, menos.

El vidrio engaña: bloquea UVB (los que queman), pero deja pasar UVA (los que envejecen y contribuyen al cáncer). Por eso los pilotos y tripulantes de cabina tienen más cáncer de piel que la media, apuntan desde la propia fundación. La conclusión casera: en el coche, en el avión o junto a una ventana de oficina, la radiación no se va sola. Te quedas protegido del quemón y te comes igual el fotoenvejecimiento.

La infancia: la prioridad no es por el mito del 80%

El cierre de Soto es rotundo: "La exposición solar intensa durante la infancia produce un daño especialmente importante y difícil de reparar. Ningún niño debería quemarse al sol. Debe ser una prioridad absoluta de salud pública".

Aquí conviene separar dos cosas que se confunden. El mito popular dice que el 80% del daño solar acumulado de toda la vida se recibe antes de los 18 años. La base epidemiológica, sin embargo, dice otra cosa: según los datos recopilados por la Skin Cancer Foundation, a los 18 años sólo se ha acumulado el 23% de la exposición vital; a los 40, el 47%; a los 59, el 74%; a los 78, el 100%. Es decir, la mayor parte del daño acumulado llega en la edad adulta, no en la infancia.

¿Entonces por qué la prioridad es la infancia? Porque la biología no es lineal. El National Cancer Institute recoge que la exposición solar total en la infancia se asocia con un aumento del riesgo de melanoma en adultos con un odds ratio de 1,81 a 4,4 —es decir, hasta cuatro veces más riesgo—, una cifra que no se sostiene para la exposición recreativa adulta en la misma proporción. La piel infantil no recibe más radiación, pero la procesa muchísimo peor: menos melanina protectora, sistema inmunológico en desarrollo y células madre epidérmicas más vulnerables a la transformación tumoral.

Que los menores de seis meses no lleven crema no es capricho de marca: es porque su piel es demasiado permeable para los filtros químicos. La recomendación oficial es mantenerlos fuera del sol directo.

La tendencia que Soto no nombra

Y aquí, la pieza se cierra con lo que el dermatólogo no dijo, pero que está en el mismo ecosistema viral que las gominolas. La Skin Cancer Foundation lleva meses alertando de una tendencia entre adolescentes llamada "tanmaxxing", que en cristiano es "maximizar el bronceado" y que la propia fundación ha bautizado como "skin cancer maxxing": literalmente, maximizar el cáncer de piel. Es el descendiente directo cultural de la tanorexia: el reto grupal de exposición solar o de uso de cabinas con el objetivo de moreno extremo. Una adolescente ha empezado a denunciarlo públicamente tras ver a compañeros suyos de instituto bronceándose sin protección en series de TikTok.

Que el doctor Soto no la nombre no significa que no la conozca: significa que está hablando de los padres que lo van a leer en el Diario Vasco, no de los hijos que lo harían en el móvil. Los segundos, en realidad, son el problema.

Fotos Policlínica Guipuzkoa | Maks Styazhkin

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