Hay un momento en que el armario empieza a hacer ruido: ese tacón que antes aguantabas durante horas ahora termina en dolor de espalda, las bailarinas dejan los pies destrozados y ciertas sneakers que parecían comodísimas acaban generando más cansancio que alivio. Lo recoge CLARA con la podóloga Neus Moya: a partir de los 50, el mejor zapato no es el más caro ni el más tendencia.
Es el que consigue estilizar, resultar cómodo y respetar el pie. A la vez.
¿Qué le pasa al pie a partir de los 50?
"A partir de los 50 no cambia solo el pie. Cambia el cuerpo entero, y el pie forma parte de ese sistema", explica a CLARA Neus Moya, podóloga colegiada especializada en biomecánica y movimiento. Muchas mujeres empiezan a notar que ya no aguantan cualquier zapato porque el pie pierde capacidad de adaptación, la piel puede volverse más sensible, los tejidos pierden elasticidad y cambia la distribución de las cargas.
La lista de avisos no es corta. "También es frecuente que aparezca más sequedad, durezas, dedos en garra, juanetes que antes no molestaban, dolor en la planta del pie o sensación de 'almohadilla gastada' en la zona de los metatarsos", detalla la experta. A eso se suma la menopausia: los cambios hormonales influyen en la calidad de los tejidos, en la elasticidad y también en la percepción del dolor. Por eso el mismo zapato que antes se soportaba sin pestañear, ahora molesta o parece más agresivo. Es la traducción del cuerpo, no un capricho.
La pregunta que queda botando es evidente. ¿Qué se busca entonces? Pues un zapato que respete la forma natural del pie. Esa es la premisa que ordena todo lo demás: si la horma no acompaña, ningún apósito del mundo va a salvar la noche.
Comodidad, no blandito
El primer error. Asociar comodidad con amortiguación extrema, con el zapato blandito que se siente bien en la tienda. "Un zapato cómodo de verdad no es solo el que se nota blandito al ponértelo. A veces confundimos comodidad con sensación inicial agradable, y no siempre es lo mismo", remarca Moya.
La verdadera comodidad aparece cuando el zapato respeta la forma natural del pie. Y eso empieza, sobre todo, por la puntera. A partir de los 50 el pie necesita más espacio, no menos; los dedos tienen que poder abrirse y apoyarse correctamente al caminar. "Si la puntera acaba en pico o aprieta el antepié, por muy bonito que sea el zapato, tarde o temprano suele dar problemas", añade.
Aquí hay un detalle alentador. Muchas marcas empiezan a entender que elegancia y horma cómoda no son incompatibles, y la industria de la moda aboga cada vez más por la naturalidad y el lema de "menos es más". La comodidad se ha convertido en requisito innegociable, no en concesión.
¿Cuánto tacón, si acaso?
Las tendencias también han marcado un cambio de paradigma. Los tacones de doce centímetros ya no son bienvenidos en el armario. Durante mucho tiempo se asumió que eran imprescindibles para estilizar. Hoy la elegancia se interpreta de una forma mucho más relajada y funcional.
"Si hablamos desde un punto de vista de salud, lo ideal sería no necesitar tacón", indica Neus. "El pie está diseñado para apoyar, adaptarse y moverse sobre una base lo más natural y estable posible. Por tanto, en principio, cuanto menos tengamos que modificar la posición del pie, mejor".
Ahora bien, hay un matiz. Y es importante. "No todas las personas parten del mismo punto. Muchas mujeres llevan usando algo de altura desde niñas o adolescentes: zapatos con cuña, deportivas con drop, botas con tacón, sandalias elevadas. Y cuando un cuerpo lleva años funcionando con esa posición, bajar de golpe a un zapato completamente plano o de drop cero puede generar molestias", continúa.
Sí. Y no. No es lo mismo venir de un tacón de toda la vida que llegar de un plano. Lo que para una es alivio, para otra es varapalo.
Por plan, sí, pero también por pie
Lo primero que diría es que no elegiría el calzado solo por el plan. "Sino también por la historia del pie de esa persona. No es lo mismo una mujer que lleva años usando tacón, cuñas o deportivas muy amortiguadas, que una mujer que ya está acostumbrada a calzado más flexible, amplio y con menos drop", comienza señalando la podóloga.
Aun así, hay opciones que siempre funcionan en algunos contextos. Y conviene tenerlas a mano.
Para trabajar muchas horas. Priorizar puntera anatómica, buena sujeción y suela estable. "Puede ser una sneaker respetuosa, un zapato tipo mercedita bien diseñado, un mocasín amplio o un zapato más arreglado, pero siempre con espacio real para los dedos", confirma.
Para caminar mucho. Una sneaker con horma anatómica, buena sujeción y una suela que acompañe. Para eventos, si alguien quiere tacón, que sea bajo, ancho, estable y con puntera que no destroce el antepié.
La clave. No hay una opción universal. Hay que mirar el plan, sí, pero también el punto de partida, la estructura corporal, el dolor y la transición de esa persona.
Sneakers, bailarinas, mocasines y sandalias
Las sneakers se han convertido en el gran comodín del armario contemporáneo. Pero no todas funcionan igual de bien. "Para mí, una buena sneaker debería tener, como mínimo, una puntera anatómica. Esto es fundamental. También debe tener buena sujeción. El pie no debería bailar dentro de la zapatilla, porque entonces los dedos tienden a agarrarse para sujetarla", asegura.
La suela flexible y estable. Otro matiz: no todo el mundo necesita una suela ultrafina. Algunas personas, especialmente a partir de cierta edad, con dolor, pérdida de grasa plantar, metatarsalgia o años de calzado muy amortiguado, pueden necesitar algo de amortiguación. Una buena sneaker no es la más famosa ni la más de moda. Es la que respeta la forma del pie, sujeta bien, permite movimiento y se adapta al momento real.
Y aquí viene el gran mito del calzado femenino. Las bailarinas. A la hora de renunciar al tacón, muchas se decantan por alternativas con suela plana pensando que automáticamente serán más saludables. "Una bailarina estrecha, sin sujeción y con una suela muy fina puede ser bastante problemática. Si el zapato no sujeta, el pie acaba haciendo esfuerzo para no perderlo. Y si además la puntera comprime, los dedos no pueden trabajar bien", afirma Moya.
Los mocasines, otra alternativa común en entornos laborales, también piden tiento. Pueden ser una buena opción si tienen horma amplia, material flexible y no presionan el empeine ni los dedos. Pero muchos mocasines tradicionales son rígidos, estrechos y duros. "Lo saludable no es 'plano' sin más. Lo saludable es que el calzado respete la forma del pie, permita movimiento, sujete sin bloquear y esté adaptado al momento de esa persona", recalca.
Y en verano, un capítulo aparte. El calor aumenta la hinchazón y muchas sandalias priorizan el diseño sobre la estabilidad, lo que deriva en dolor articular, ampollas y rozaduras.
La sujeción. Una buena sandalia debería sujetar bien el empeine y, si es posible, también el talón o el tobillo. Las tiras regulables son muy útiles, porque el pie puede cambiar durante el día y con el calor.
La puntera abierta, pero no desbordada. Aunque sea una sandalia abierta, muchas veces vemos dedos que se salen por los lados, dedos comprimidos o pies que van desbordados. Eso es una señal de que la sandalia no acompaña bien.
Consejo extra. "No estrenar sandalias el día de caminar mucho. Las sandalias se prueban en casa, se usan por ratos y se observa si rozan, si el pie se mueve demasiado o si alguna tira presiona", remata la podóloga. Una sandalia de verano no debería ser solo bonita. Debería permitir caminar sin castigar el pie.
Lo que conviene evitar a partir de los 50
Si hay un kit de supervivencia, también hay un kit de retirada. Evitaría, sobre todo para uso habitual, cualquier zapato que comprima los dedos. La puntera estrecha es uno de los grandes problemas del calzado femenino. Puede parecer elegante, pero obliga al pie a vivir en una forma que no es la suya.
La lista de descartes que maneja Moya es concreta: tacones altos y finos, plataformas muy rígidas, cuñas pesadas, sandalias sin sujeción, bailarinas estrechas y zapatos que se escapan al caminar. También los zapatos demasiado rígidos, porque bloquean el movimiento natural del pie, y los excesivamente flexibles sin ninguna sujeción.
La pregunta flotante. ¿Sirven de algo los apósitos y las tiritas? Sí, pero de forma puntual. "No deberían servir para aguantar un zapato que claramente no respeta el pie. Si necesito ponerme cinco apósitos para poder llevarlo, quizá el problema es el zapato", zanja.
Cómo estrenar zapatos sin sufrir
Siempre hay cierta incertidumbre cuando estrenamos. ¿Me harán daño? Es la primera cuestión que se nos viene a la mente, muchas veces retrasando su uso por no arriesgarnos. La experta deja cuatro pasos sobre la mesa.
No comprar pensando que "ya cederá". "Si en tienda ya duele, aprieta o molesta, mala señal. El zapato puede adaptarse un poco, pero no debería necesitar sufrimiento para ser tolerable". Ojo: un truco práctico que recogen zapaterías y clínicas podológicas es probar por la tarde, cuando los pies tienden a estar más hinchados. Si por la tarde te va bien, por la mañana casi seguro te va bien también.
Caminar con ellos en tienda. Hay que comprobar si los dedos tienen espacio, si el talón se escapa, si el empeine queda presionado, si el pie baila dentro o si la suela resulta inestable.
Usarlos en casa en ratos cortos. Si son para un evento, nunca estrenarlos ese día. Primero hay que comprobar si rozan, si aparece presión o si modifican nuestra forma de caminar.
Las protecciones, solo de forma puntual. Es la regla del cinco apósitos: si necesitas cinco para aguantar un zapato, el problema es el zapato. Y antes de forzar un modelo que no cede, conviene mirar trucos para estirar el calzado que no pasan por hacerte daño.
Hoy ya no se admira tanto a quien aguanta un zapato imposible, sino a quien consigue verse sofisticada sin renunciar al bienestar. Y quizá esa sea la gran lección del calzado después de los 50. Cuidar el pie no significa vestir peor. Significa justo lo contrario. Porque cuando un zapato acompaña el cuerpo en lugar de castigarlo, todo cambia.
Fotos | Launchmetrics
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