Soria es la provincia menos poblada de España, con 90.073 habitantes en toda la provincia y una densidad de 8,74 personas por kilómetro cuadrado, según el INE. En un país volcado en la costa, eso se traduce en ciudad sin colas, sin empujones y sin el guirigay de los grandes destinos.
Pero en otoño la cosa cambia (un poco, ojo, sin pasarse), y los viajeros que saben tienen a Soria capital en su lista de imprescindibles. Aquí va la ruta para no perderse lo que de verdad importa.
El centro, en una mañana
El casco histórico se recorre a pie en una mañana, y eso que está atestado de monumentos. Iglesia de San Juan de Rabanera: levantada a finales del siglo XII (el 1270 que circula por ahí es el año del censo de Alfonso X, no el de la obra) y declarada Monumento Nacional en 1929.
Desde ahí, calle El Collado abajo, te cruzas con la Plaza de las Mujeres y la recoleta Plaza del Olivo: palacetes, casas solariegas y mucho neoclásico que recuerda que esta ciudad tuvo pasado noble.
La Plaza Mayor es aportalada, castellana de las de verdad, con balcones corridos y fuente de los leones en el centro. A dos pasos está el Palacio de los Condes de Gómara, renacentista del siglo XVI, con portada heráldica y torre incluida, hoy Audiencia Provincial.
Y cierre de casco con la Iglesia de Santo Tomé, reformada en el siglo XVI y con un retablo al que llaman el Retablo Mayor de Castilla. Es decir, no es una iglesia cualquiera.
Dónde comer, de paso: el cerdo es la especialidad y los torreznos, el imperdible. ¿Y dónde se comen los de verdad? En Soria, casi por defecto: tienen Marca de Garantía desde 2012, así que si los pides aquí, estás pidiendo el original; sólo fuera de la provincia pierden el sello. Bar Apolonia y Cervecería-Bar Torcuato (el original de Trendencias lo escribía "Torcvato", pero eso es un gazapo) hacen la tasca como Dios manda.
Las afueras: castillo y ribera
A 20 minutos del centro, el Castillo de Soria corona la ciudad desde el siglo IX, cuando era una atalaya musulmana; los cristianos lo ampliaron en el XII. Desde ahí, la ribera del Duero en otoño es un paseo de postal: rojos, naranjas y ocres por partes iguales.
Y la joya de la corona, la Ermita de San Saturio, colgada de un acantilado sobre el río. Ojo con la datación: el siglo VI que se oye por ahí es la tradición del santo anacoreta, no la fecha del edificio. La ermita actual es barroca, finales del XVII y principios del XVIII, obra de Pedro de Ajín.
Lo de "infravalorada", en otoño, tiene los días contados.
Fotos | Hotel Alfonso VIII, Turismo Castilla y León, @hotelbarapolonia
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